La flor más oscura

Encuentro con Vega

Es un domingo de julio en Madrid a media tarde. Camino desde Cascorro hacia Tirso de Molina. Cerca del Rastro el calor golpea como una bofetada. El aire parece polvo en suspensión. Las pisadas, las voces, las caras, los perros: todo parece pesar más.

Voy rumbo a casa. Son muchas las cosas que hacer al llegar. Vida que recordar. Vida que olvidar.

Entro en la que fue Plaza del Progreso. El sol cae casi vertical sobre las fachadas y las baldosas exhalan un calor espectral. La gente busca las sombras de los árboles y las sombrillas en las terrazas.

Camino hacia la boca de metro, pasando los puestos de flores.

Durante décadas, la plaza recibió a quienes llegaban al centro sin dinero, buscaban trabajo, vendían lo que podían o intentaban atravesar unas horas más de vida. Droga y navajas se cobraron almas. La marginación se oculta detrás de las flores, no puede esconderse. Entre flores y manteros algunos observan y son observados. No se les permite no hacer nada.

Paso deprisa junto a todos los espectros, ya vivos, ya muertos.

Bajo por las escaleras de la boca del metro. Busco el abono transporte en los bolsillos del pantalón. Quiero adentrarme en el túnel y dejar atrás las flores oscuras que crecen en la ciudad. La mezcla de olores de la Plaza del Progreso quedó arriba. Reduzco el paso durante unos segundos y observo los azulejos de sus paredes tal como los concibió Antonio Palacios. Un espacio público convertido en pasillo de tránsito tras un siglo de caminantes. El madrileño piensa caminando por su ciudad. En Madrid los pensamientos se recorren.

Paso el abono por el lector. El torno se abre ante mí y tras pasarlo tuerzo a la izquierda en dirección a Valdecarros. Subo un tramo de escaleras, luego las vuelvo a bajar. En Tirso hay que ganar altura para volverla a perder, es como si el metro quisiera probar la decisión de quien entra.

El ruido del andén llega antes que el andén. Conversaciones. Pasos. Roce de suelas y una maleta que golpea su contenido en cada escalón.

Un tren parece que se aproxima desde Sol, con el chirrido de la doble curva que hace cuando viene desde allí. Antes, el metro de Madrid era una herida a cielo abierto que cicatrizaba rápidamente. Ahora avanza bajo tierra como un organismo extraño que atraviesa Madrid sin avisar.

Mucha gente en el andén. Regresan del Rastro turistas, parejas, grupos de amigos y algunos zombis del sábado. Camino hacia el centro donde hay menos gente. Las salidas siempre están en los extremos.

Una mujer sostiene un ramo envuelto en papel. Las flores también descienden. A pocos metros un hombre apoyado contra la pared habla solo o con unos auriculares invisibles. Nadie lo mira ni lo cuestiona.

En el banco hay dos jóvenes negros. Uno lleva una mochila de repartidor y el otro viste una camiseta de fútbol. Un vigilante pasa junto a ellos y vuelve la cabeza después de adelantarlos. Quizá solo está mirando. Quizá no.

Miro la hora en el móvil. El tren entra en la estación, remueve el aire y se detiene. La gente da un paso hacia delante. Con las puertas todavía cerradas todos han buscado sus posiciones desde las que podrán entrar. Viene repleto. Las puertas se abren, salen cuatro, suben muchos más.

Me dejo llevar por la presión. Intento avanzar hacia el interior, pero una mochila me cierra el paso. Quedo junto a la puerta. Tengo el brazo pegado al cuerpo y apenas puedo mover la mano derecha. Delante de mí hay un cristal lleno de reflejos. Detrás de mí, respiraciones. Un vagón tomado por cuerpos, mochilas y teléfonos.

El metro avisa que va a partir. Las puertas se juntan. El tren arranca y los cuerpos se inclinan hacia atrás. Apoyo la cabeza contra el cristal para mantener el equilibrio y encontrar un poco de solidez.

La veo muy cerca de mí. Sus ojos azules me miran con intensidad, velados por el cansancio. Está en la otra hoja de la puerta, con la cabeza apoyada sobre el cristal. Su sien queda casi a la altura de la mía y entre los dos se extiende la junta de goma que divide las puertas. Parece estar en la cincuentena, lleva el pelo recogido, aunque varios mechones han escapado y uno le cruza la frente. Tiene arrugas alrededor de los ojos y dos líneas que descienden hacia la boca.

Su mirada tiene luz, una luz que parece querer descansar en otra mirada. Sonríe y me mira dulce y serena. Me atraviesa y se refleja. Ausculta dentro de mí. Sonríe con seguridad. No me invade. No me intimida. Me mira a mí.

El tren abandona Tirso de Molina y entra en el túnel que nos lleva a Antón Martín. Las luces del andén desaparecen. El cristal es apoyo y espejo del otro cristal. Veo mi cara. Veo la suya. Veo su mirada sobre mi reflejo. Veo su sonrisa. Miro sin apartar la vista y le sonrío. No sé por qué no habría de sonreír. No encuentro ningún motivo para romper esta comunicación. La sonrisa de una desconocida dentro de un vagón lleno de gente ausente produce el efecto de una puerta que se abre donde no había ninguna salida.

Bajo la mirada rápidamente, pero quiero que sepa que sigo observándola. Veo unas zapatillas rotas donde se entrevé el calcetín. Los cordones son una amalgama de hilos anudados que apenas cumplen su función. Su pantalón roza el suelo y aún con el calor de julio lleva un abrigo de mangas sucias.

Pienso que es una indigente, sin techo, sin hogar. La imagino sin consuelo y sin amor. La palabra aparece antes de que sea consciente de su significado: indigente. No habla de quién es, sino del lugar donde la ciudad ha decidido colocarla. La imagino vagando por Madrid, con el abrigo como único refugio.

Home Is Where the Hatred Is.

Ahora mis ojos recorren lentamente sus piernas, sus caderas, sus manos, el cuello y la boca. No intento ocultar la lentitud de mi mirada. Cuando regreso a sus ojos, ella continúa observándome, sonriendo con ternura. Sabe cómo la he mirado. No aparta los ojos. Nada cambia. Hay ternura y algo más que reconozco como deseo, aunque sé que puedo estar inventándolo.

El deseo inventa una historia entre la invitación de su mirada y la promesa de su sonrisa. Pienso en Shame, en aquella mujer que se desvanece entre la gente antes de que el deseo se convierta en persecución.

El metro se aproxima a Antón Martín. Acerco la cabeza unos centímetros. Ella hace lo mismo. El cristal detiene el movimiento. Nuestras frentes podrían tocarse si desapareciera la división entre las hojas. Pienso en tocar su cara, rozar su cabello y recorrer con mi pulgar la comisura de sus labios y las líneas que descienden hacia la boca. No me atrevo.

El tren sigue avanzando y el vagón se mueve con él. Las ruedas golpean los raíles y los cuerpos se desplazan de un lado al otro. Nuestro cristal nos mantiene a salvo de todo y genera luces y sombras. Luz, sombra, más sombra, luz. A veces puedo verla con claridad y otras sus ojos se desdibujan en el reflejo junto a su sonrisa.

No hay palabras, solo el lenguaje de su sonrisa y de su mirada. Nadie observa las dos cabezas apoyadas en la misma puerta. La voz anuncia Antón Martín. El tren reduce la velocidad. El sonido de las ruedas cambia y las luces del andén penetran en el vagón. Su rostro aparece sin las sombras del túnel. Veo la marca junto a la ceja, el cansancio bajo los ojos y el polvo acumulado en el abrigo.

Vuelvo a pensar en la plaza que hemos dejado atrás: en sus flores y en las almas que la ciudad empuja hacia sus lugares más terribles.

El tren se detiene. Las puertas liberan el cierre y los dos separamos la cabeza del cristal casi al mismo tiempo. Las hojas empiezan a abrirse mientras nuestros rostros se separan. Ella levanta la mano sin dejar de mirarme. Sonríe, alcanza mi mejilla y la recorre lentamente hasta dejar la palma junto a mi boca. Siento su piel caliente en mi cara. Todo ocurre en un segundo. Sale por la puerta y empieza a recorrer el andén. La gente entra en el vagón y ocupa el espacio que ha dejado. Por un instante su sonrisa y su mirada se pierden entre los cuerpos. Ella avanza por el andén. Se vuelve. Me busca. Cuando encuentra mis ojos, sonríe. Las puertas se cierran.

2. Vega en un mundo raro

La medianoche acaba de despuntar sobre Madrid este 1 de mayo de 1993. Vega sale por la puerta de la Sala Caracol y el aire fresco de la calle Bernardino Obregón le golpea el rostro, pero ella apenas lo nota. Está ardiendo por dentro. En sus retinas aún baila el claroscuro del escenario: el poncho rojo, la madera de las guitarras, la quietud rotunda de Chavela. El concierto ha sido mítico. Vega piensa que esa noche puede pasar cualquier cosa y que no quiere terminarla sola.

Camina deprisa hacia la Glorieta de Embajadores. Solo unos minutos antes compartía canciones y silencios con cientos de almas; ahora vuelve a estar sola. La melancolía y la euforia del concierto se entrelazan. En sus labios aún resuenan los versos de Borges que la voz ronca de la cantante desgranó entre acordes.

Al llegar a la glorieta, Vega tiene dos opciones para continuar hacia su casa en el barrio de Oporto: bajar por el Paseo de las Acacias o entrar en el metro de Embajadores y atravesar el largo túnel de transbordo. Esa noche no quiere hacer el camino por la superficie. Prefiere adentrarse bajo tierra y recorrer aquellos doscientos cincuenta metros de azulejos blancos y luz parpadeante. Atravesar el túnel es cruzar el umbral que la devuelve a su realidad. Un corredor de fuga interminable.

Al cruzar los tornos, el silencio subterráneo la envuelve. No hay casi nadie. Baja los tramos de escaleras que la conducen al pasillo. La atmósfera es aséptica, ajena al calor humano que acaba de dejar atrás. Las paredes blancas, las baldosas grises, las líneas rectas y la sucesión de fluorescentes forman una geometría implacable. Piensa que el mundo es raro y la memoria le devuelve instantáneamente la melodía. Empieza a cantar en voz baja la canción que poco antes había llenado la sala.

Que no sabes llorar Que no entiendes de amor Y que nunca has amado…

Su voz choca con la bóveda del pasillo y se vuelve metálica. El eco desgarra la calidez de la letra. Vega continúa caminando absorbida por la intensidad de la canción.

Entonces recuerda esa otra canción que tanto esperaba y que Chavela no le regaló: Las simples cosas. ¿Por qué no la habría cantado? Sus pasos acompañan el discurrir de la melodía. Sin darse cuenta, funde ambas canciones en un lamento personal que se extiende por el pasillo vacío.

Uno vuelve siempre a los mismos sitios donde amó la vida. Pero nunca has amado…

Canta como quiere, mezclando las letras, perdida en sus pensamientos. Durante unos instantes solo existen ella, la memoria y la música.

De pronto, la acústica del túnel se ensucia.

Vega oye unos pasos detrás de ella. Su cadencia, más pesada, se cuela en la canción, hasta entonces acompañada solo por el eco de sus zapatos. No deja de caminar. No deja de tararear. Su voz pierde fuerza y acaba convertida en un murmullo que roza las paredes.

Levanta la vista y ve a una mujer avanzar hacia ella desde el otro extremo del pasillo. Camina bajo la sucesión de fluorescentes, con un abrigo claro y un bolso sujeto contra el costado. Vega siente alivio al verla. Ya no está sola.

Sigue caminando hacia la desconocida mientras escucha los pasos a su espalda. Cuando la distancia entre ambas se reduce, Vega la mira y le sonríe. Saludo y anhelo de compañía.

La mujer no responde. Sus ojos se fijan en Vega durante un instante, pero después se desplazan. Pasan junto a su rostro y se detienen en un punto situado detrás de ella. Vega mantiene todavía la sonrisa, esperando que regrese. En el rostro de la mujer nace otra sonrisa, dirigida por encima de su hombro. Vega siente cómo la suya se le apaga en la boca. No es para ella. A su espalda, los pasos reducen la marcha. Durante una fracción de segundo permanece inmóvil. Se vuelve.

Un hombre avanza por el túnel detrás de ella. No mira a Vega. Mira a la mujer que viene de frente y le devuelve la sonrisa. No hay saludo, reconocimiento ni sorpresa. Vega comprende que no se conocen. La mujer mira al hombre. Después mira a Vega. El hombre hace lo mismo.

La mujer reduce el paso. El hombre también.

Vega vuelve a mirar hacia delante. Aún queda espacio suficiente para cruzarse con la mujer. Podría pasar junto a ella, rozar su hombro y continuar hasta el final del pasillo. La mujer se acerca al hombre y, al hacerlo, ocupa el camino de Vega. Él lo ve y acelera. Ella mantiene la sonrisa. Él vuelve a responder con la suya.

El hombre alcanza a la mujer y la atrae hacia sí. Ella no se aparta. Vega intenta pasar junto a ellos, pero él la agarra con la otra mano y la desplaza con violencia. El golpe seco de su espalda contra la pared resuena en el pasillo. Vega cae al suelo, aterrorizada e inmóvil.

Ellos se besan. Primero de pie y después sobre las baldosas grises. Sus manos se buscan. Sus bocas vuelven a encontrarse. Jadeos. Respiraciones cada vez más profundas. Vega sigue atrapada entre la pared y sus cuerpos, latiendo a pocos centímetros de ella.

Vega mira a la mujer. Durante un instante cree que sus ojos se encuentran, pero la desconocida vuelve a él. Lo abraza. Lo besa. El deseo lo ocupa todo.

La mujer se levanta, mira al hombre una última vez y se marcha apresuradamente por el pasillo.

Vega se queda a solas con él, atrapada en aquel corredor infinito.

Los fluorescentes parpadean.

Después, oscuridad..

3. La luz en el subsuelo

“Mi nombre es el de una estrella, la estrella más luminosa. Yo soy Vega y la luz camina conmigo”, se dice mientras recorre aquel pasillo interminable. Lo repite como si las palabras pudieran mantenerla unida.

Otra vez está allí.

No sabe si es de día o de noche. Hace tiempo que dejó de saberlo. Solo reconoce las paredes blancas, los fluorescentes y aquel corredor que nunca termina. Las entrañas de Madrid.

Vega se despierta siempre así, en algún punto del pasillo de transbordo, como un fotograma detenido en mitad de una película. Empieza a caminar sobre las baldosas grises sin saber hacia dónde.

A veces encuentra gente. Entonces levanta la mirada y busca una sonrisa.

Vega continúa andando. Algunas personas pasan junto a ella sin verla. Otras parecen mirar a través de su cuerpo. De vez en cuando alguien sostiene su mirada durante un instante y entonces algo dentro de ella vuelve a encenderse.

Necesita que alguien la vea. Una vez. De verdad.

Su luz apenas sobrevive en aquella subexposición eterna.

Vega no sabe qué ocurriría después. Solo sabe que quiere salir del pasillo y volver a tocar el mundo.

Vega ha cambiado. Cada día es el mismo despertar, pero el tiempo ha seguido pasando por ella.

Así recorre el metro de Madrid, buscando sonrisas. Vega todavía quiere hacer suyas las simples cosas.