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Cuentos contra-eróticos (I): Me gusta que te hayas dejado algo

Voy a comenzar una sucesión de cuentos cortos. Son historias muy absurdas y reales que me han pasado por las noches de Madrid y que quiero compartir con vosotros. Son, como muchas veces es la noche en Madrid, la contracultura de lo erótico, como si Eros se despistase siempre y le diera por viajar a los infiernos. Eso sí, y espero que os parezcan, siempre historias divertidas.

Me costaba mucho trabajo contar esta primera y muy complicado ver como servirla de la mejor manera posible asumiendo su realidad. Espero haberlo conseguido Ahí va.

Me gusta que te hayas dejado algo

Aquella tarde, como otras muchas, nos fuimos al pub que había a unos cientos de metros de la salida del trabajo. Un típico pub de barrio regentado por una preciosa chica, mitad española y mitad rusa. Era un local reconvertido en pub a partir de lo que fue un pequeño club de alterne cutre de los que tanto abundaban por la zona de Tetuán cerca de la que fue calle de Capitán Haya. En este localito se charlaba animosamente, nunca esta demasiado lleno y abundaban allí pequeños grupos de amigos y parejas que pasaban la tarde sin mayor complicación

Tenía una pequeña planta de arriba que se usaba como office y en la planta de abajo, aparte de los baños, tenía otra estancia que hacía las veces de trastero. Antes, en su anterior uso, eran las dos habitaciones donde se consumaba el negocio entre los asiduos al local y las chicas de alterne. Su barra con bordes de cuero, sus tonos rojizos y la escasa, aunque suficiente luz lo hacían un sitio apetecible para la conversación. Tenía ese falso ambiente canalla de antro de mala muerte que tanto amamos los madrileños.

Aquella tarde llegamos a la barra y nos pusimos a hablar de nuestras cosas. Mi amigo y yo éramos unos fanáticos de la filosofía y del ensayo y, probablemente, aunque ya no lo recuerdo demasiado, nos pusimos a arreglar nuestro mundo que generalmente tenía muchos rotos para buscar unos cuantos descosidos.

Además de hablar entre nosotros, también hablábamos cuando iba y venía de poner copas al resto de clientes, con la coqueta camarera que, sinceramente, alegraba bastante nuestras tertulias.

Me dedicaba a observar a la clientela, a las diferentes personas que iban entrando con cuentagotas en el local, observa a ellas con la esperanza de que entrara aquella persona distinta y especial, esa aguja en el pajar, esa rara avis que me hiciese imaginar historias únicas e inconfesables.

No a mucho tardar, entraron dos chicas que se situaron al fondo de la barra, justo al lado contario en donde nos encontrábamos.  Comenzaron a charlar animosamente. Solo yo podía verlas ya que mi amigo se situaba de espaldas. Podía ver a una de ellas, la que estaba de pie. De la otra, que me daba la espalda, solo podía ver su cabello moreno. Mientras mi amigo hablaba yo no paraba de mirar de manera incesante los preciosos ojos de la morena que tenía enfrente, su constante gesticular y su dramatismo. Lo que contaba a su amiga lo hacía acompañado de todo tipo de elementos gestuales y risas. Me era muy difícil mantener la atención en lo que mi amigo intentaba contarme.

Pasamos así un rato bastante largo y, en el escenario del fondo donde se centraba la acción de ella, todo iba a cambiar de una manera repentina. Su amiga, elevando el tono, empezó a meterse con ella de una manera bastante punzante y, de repente, se levantó de su asiento y se fue del pub sin mediar más palabra. La preciosa morena se quedó sola en la barra llorando desconsoladamente. También mi amigo, percatándose, se había girado ya contemplando la escena. Dije que iba a hablar con ella para saber lo que le había ocurrido y, avanzando unos metros en la barra, me fui hacia donde se encontraba.

Nos presentamos. Ana, que así se llamaba, tenía muchas ganas de hablar y me recibió como agua de mayo. Yo me senté en la silla alta de barra de pub que antes ocupaba su amiga. Me contó brevemente la historia del conflicto. Le dije que no se preocupara, que al menos, podíamos hablar, tomar unas copas y así consolarse. En ese momento se acercó hasta mi y me besó en los labios, la correspondí con un beso muy largo.

Mi amigo viendo la situación, se acercó y se despidió de nosotros. Seguimos a lo nuestro y los siguientes momentos fueron muy intensos. Mi corazón se aceleraba, la dopamina fluía por mis poros y solo pensaba en la inmensa suerte que me había acompañado esa tarde al conocer a tremenda pibonaza, con quien seguro acabaría pasando la noche.

Nos pedimos una copa y otra más. Ella bebía tanto Brugal como yo y con la misma intensidad. De repente, en el siguiente envite arremetió contra mi con tal fuerza que tambaleándose la silla donde me sentaba nuestros cuerpos dieron contra el suelo. A pesar del tremendo golpe que me di en una costilla aumentaron mis ganas de seguir alimentando esa pasión en un lugar más adecuado para ello.

Nos levantamos y ambos nos quedamos de pie en la barra. En su próxima travesura dirigió mi mano a mi trasero y tomó la decisión de internarse por mi ropa interior hasta introducir su dedo más allá de donde la espalda pierde su nombre.  Tras la primera, y reconozco que sugerente impresión, la deje hacer hasta horadar en ese tan intimo agujero. Cuando ya decidió abandonar ese peculiar lugar condujo su mano a su boca e introduciendo el dedo dentro  lo chupo incesantemente. Después, se dispuso a hablar y sus palabras fueron las que bautizar a este cuento coformando su título. Mi perplejidad iba en aumento. Mas tarde cogió mi mano y tomando mi dedo índice también lo introdujo en su boca, movió la lengua alrededor de el y, después, me dio tal tiento con sus afilados dientes que me hizo tener que lo perdería irremisiblemente. Rápidamente conseguií liberar mi casi amputado dedo de sus fauces. Ella dijo “Vámonos de aquí” y yo respondí “Espera, voy al servicio, y después nos vamos a mi casa”.

Mientras bajaba por las escaleras hacia el baño el miedo se iba apoderando de mi y no dejaba de pensar en lo que luego podría pasar en el futuro inmediato. La imagen de mi miembro viril amputado por el fuerte mordisco de la bella morena no me dejaba pensar. Me imaginaba corriendo a buscar una ambulancia con él en la mano mientras me iba desangrando. Me costó mucho trabajo acabar con el motivo de mi visita al baño. Me miré al espejo, me lavé las manos, subí las escaleras, la vi al fondo en la barra mirando el móvil, abrí la puerta del pub y me fui. ¡Durante unos minutos me sentí muy cobarde!

Dos semanas más tarde, todavía cada mañana me acordaba de ella cuando me levantaba y me dolían las costillas. Eso sí, me reconfortaba ver que todos mis miembros estaban completos. Nunca volví a ver a Ana, aquella bella morena con tanta capacidad para fagocitarlo todo. Me la imagino desmembrando a sus amantes, succionando todos sus fluidos y luego contándoselo animosamente a su amiga mientras actuaba delante de su próxima víctima.